Cerrado Por Reformas

Hay quien dice que el odio es un mal sentimiento, una incómoda compañía, y que como consecuencia, sentir odio no es deseable, es nefasto, nos hace criar mala sangre, y a la larga... nunca puede traernos nada bueno.

En mi opinión todo eso es un grave error. Considero que sentir odio es tan necesario, benefactor, liberador de tensiones y positivo como sentir amor; en caso de que sentir amor... esté siempre exento de connotaciones negativas, cosa que tampoco creo, ya que no existe peor compañía que la de sentir un amor por el que no se es correspondido.

De algún modo ambos sentimientos serían las caras de una misma moneda, y están tan juntos y son tan indivisibles el uno del otro, que podríamos decir que son parejos, en tanto que opuestos.

Así pues –insisto, que en mi opinión- sentir amor puede estar muy bien si todo sale de perlas, o puede ser un infierno en el caso de que las cosas se tuerzan o no obedezcan a las expectativas depositadas. Del mismo modo, sentir odio puede ser un sentimiento que nos acompañe y nos torture de por vida en el caso de que se convierta en una situación no resuelta, por el contrario, si nuestro sentimiento de odio termina con una dulce venganza... puede convertirse en algo más elevado que el amor más limpio.

Creo que en esta vida es necesario sentirlo absolutamente todo; considero imprescindible amar alguna vez, odiar de vez en cuando, vengarnos cuando se tercie, experimentar la envidia, los celos, la rabia, el poder, la pérdida, la derrota, la victoria... todo. El día menos pensado Caronte, el barquero, lanzará el ancla a nuestra vera y atravesaremos junto a él la laguna que da entrada a la isla de los muertos; y sinceramente... largarse de aquí sin haberlo experimentado todo, nos traerá un amargo sabor de haber perdido el tiempo.

Además, gracias a todos estos sentimientos “malos” o políticamente incorrectos, han nacido grandes obras de la literatura universal como la Orestíada en la que la venganza constituye la columna vertebral de una gran historia, o Antígona en la que un tirano reprime con ganas a un mártir inocente, o El sueño de una noche de verano en la que las intrigas amorosas y el deseo indominable hacen que circule el amor en todas sus posibles, volubles y cambiantes formas, o el adulterio en Madame Bovary, el amor prohibido en Romeo y Julieta, el fanatismo por el poder en Macbeth, etc, etc...

Bien que disfrutamos cuando leemos en forma de tragedia, o vemos en películas, lo más ruin y oscuro del ser humano, pero poco nos atrevemos a experimentarlo en nuestras carnes. No es así? Pues todas esas sensaciones hay que sentirlas y experimentarlas alguna vez, o a ser posible todas juntas, a lo bestia, de golpe, sin duda que eso constituiría una catarsis brutal y absolutamente liberadora.

Yo conozco un modo infalible para poner a flor de piel todos los sentimientos y para dar salida de una vez por todas a lo mejor y a lo peor del ser humano:

Enfúndense un mono de trabajo, háganse con unos botes de pintura (no importa el color), brochas, rodillos, rasquetas, masilla plástica, etc; todo cuanto consideren necesario para realizar en su domicilio o lugar de trabajo una reforma en toda regla, en profundidad.

Vale, lo sé... hay a quien eso le gusta... tiene que haber gente para todo. En mi caso –y como ya quedó patente en mi entrada anterior- el bricolaje es algo que detesto tanto como ver fútbol a todas horas por televisión. El odio que siento por lo que estoy haciendo se extiende a los mirones de obras, a los dependientes de la tienda de bricolage que me tratan muy bien, me aconsejan sobre qué me irá mejor, qué necesito o dejo de necesitar para mi reforma. Tratan de ayudarme al verme “perdido”, desatienden a otros clientes para centrarse en mi; en definitiva... son odiosamente adorables.

El asco que me produce deslizar el rodillo por la pared, o tapar grietas con la masilla plástica, es inversamente proporcional al placer que podría experimentar al desflorar vírgenes o al retozar con adúlteras, simplemente... sublime.

Vivo feliz con el odio por lo que hago y con la satisfacción que me producirá el resultado final; que además... cada día está más próximo.

El caso es que quiero disfrutar a gusto de toda esta mezcolanza de emociones encontradas que recorren mi ser, y he decidido cerrar el kiosco por reformas; serán sólo unos días, no muchos ya que la trepidante sensación de morirme de asco día a día me hace actuar a gran velocidad, salvo en los momentos en los que me pongo en plan pijo, delicado, perfeccionista y soy capaz de pasar horas peleando con una grieta hasta hacerla absolutamente invisible. Que gusto me produce sentir este asqueroso placer.

De modo que les dejo unos días, y no lo olviden: ódiense, ámense pecaminosamente, vénguense y hagan absolutamente todo aquello que no harían en situaciones normales. Se acerca la noche de las brujas y todo cuanto hagamos de malo lo va a quemar el fuego, así que... aquí paz, y después gloria.

O bien... hagan refomas.