Taller De Bricolaje Completo

Cuando uno es muy pequeño, pongamos... cuatro años, los padres andan un poco despistados ya que la labor de conocer a un hijo dura aproximadamente toda una vida. Normal teniendo en cuenta que nadie llega nunca a conocerse a sí mismo, así que menos a los demás, y aún menos a un hijo en quien siempre queremos ver a quien desearíamos ver, más que a quien es en realidad.

Imagino que en ésa lucha andarían mis padres el día que decidieron regalarme -a mis cuatro años- un taller de bricolaje completo. Hay que reconocer que resultaba vistoso el juguete. Sus vivos colores y su olor a madera quizá me parecieron atractivos en un primer momento, pero lo único que recuerdo del juego es que se quedó de adorno en mi habitación. Jamás jugué con él.

Lo tremendo del caso es que a veces, la vida se venga cruelmente de uno. El pasado vuelve inexorable y nos enfrenta a situaciones que hacen que nuestro rostro dibuje una mueca similar a la que haríamos si atravesásemos de golpe la atmósfera terrestre. Al menos, y con el tema del bricolaje... eso es lo que me sucede a mi. Cada vez que tengo que hacer de... “manitas” es como si alguien golpease mi estómago con la punta de su bota campera; y... no son pocos los ejemplos:

Recuerdo cuando en 7º de E.G.B nos hicieron hacer un trabajo en clase de esos típicos en los que uno tiene que comprar tablas, cola de carpintero, sierra de marquetería y demás chismes para construir alguna mierda infame en la que además... había que construir complicadísimos circuitos eléctricos con el fin de que conectando no sé qué, con no sé cuantos... se encendiese alguna jodida luz. Vaya... algo así como el famoso y popular Electro-L, pero en plan casero... para tocar un poco las narices.

A lo largo de mi infancia y de mi adolescencia hubieron más casos de esos, pero sin duda, el más sonado fue cuando ya -con 24 años- me dio por montar mi estudio, y por falta del maldito parné y de la posibilidad de contratar a alguien experto en la materia, me tuve que poner el mono de trabajo y liarme a hacer regatas en las paredes para camuflar cables eléctricos, lijar y barnizar puertas, arreglar un lavabo, instalar marquetería de aluminio en ventanas, etc, etc. Creo que por culpa de aquello me entró un lumbago que aún me dura.


Poco después te enamoras de alguien con quien planeas compartir esta cosa que es la vida. Llega el momento de formalizar la relación y de buscar un hogar en el que vivir. Ella te considera un “manitas” aún y que nunca te ha visto con un martillo o destornillador en la mano, pero... eres hombre y al parecer eso hay que llevarlo en los genes, al igual que el fútbol... Afortunadamente no tarda en descubrir que de “manitas” nada... más bien un “manazas”. Yo tuve la suerte de que, cuanto menos, mi mujer se puso manos a la faena tras contemplar mi poca utilidad, y dejó el pequeño piso que compramos como un auténtico pincel. Imagino que otra me hubiera dejado... y a decir verdad, no se lo hubiese tenido en cuenta.

Ahora... muchos años más tarde, mi taller de bricolaje completo, ése de vivos colores y de olor a madera al que no hice el menor caso en mi infancia, se vuelve a vengar de mi.

Quieran que no nada es eterno en esta vida, y aquellas regatas con instalación eléctrica, ésas puertas lijadas y barnizadas de mi estudio, etc, y todo cuanto allí hice, hace ya un montón de años... necesita un repaso. Las paredes ya no son blancas debido a que el humo del tabaco las ha metamorfoseado en un ocre decadente (va a ser verdad eso de que fumar es malo... para las paredes lo es... sin duda, más si fueron alguna vez blancas), algunas puertas no ajustan correctamente, las instalaciones eléctricas hay que cambiarlas (queda de pena eso de que los enchufes que en su día estaban perfectamente acoplados a las paredes... ahora estén literalmente colgando), y bueno... un sinfín de cosas que delatan el paso del tiempo y la falta de ganas de coger el taladro, el destornillador y ponerse, nunca mejor dicho, manos a la obra.

Pero siempre hay un día para todo.

Esta pasada semana la he dedicado (a ratos) a hacer de manitas en mi estudio, a dejarlo como los chorros del oro, a darle un repaso a fondo y a convertirlo en un lugar habitable.

Desgraciadamente, eso de … “a ratos”, no ha funcionado bien. La cosa está jodida y exige dedicación absoluta. El puto taller de bricolaje completo del que pasé tres pueblos de niño exige una venganza total, así que a partir de hoy sábado me arremango definitivamente, me pongo las pilas, me hago los cuatro nudos en las esquinas del pañuelo, me lo calzo en la cabeza... y me pongo, con mis manazas a hacer de manitas. Puede que incluso me lleve de casa el bocadillo de tortilla de patatas envuelto con papel de periódico.

Deséenme suerte.

Curiosamente conozco a mucha gente a quienes eso del bricolaje les encanta. Acostumbran a ser los mismos que pasan los veranos en un camping o se van al Caribe con la pulserita del todo incluido; claro... Para qué vivir aventuras en vacaciones si ya se lo pasan en grande arreglando un grifo que gotea en casa? También son los mismos que de viejecitos se convierten en “mirones de obras”. Fenómeno que no he entendido aún. Por qué a los ancianos les da por contemplar como un puñado de tipos con cascos, picos y palas trabajan en una zanja en mitad de la calle? Alguien puede definirme qué placer se experimenta ante semejante visión? Y... Por qué curiosamente un 90% de esos “mirones” son jubilados?

Lo siento señores/as, pero cuando me jubile me dedicaré a las noches locas. Al bricolaje y demás historias... que les den por salva sea la parte.


Créditos imágenes: Taller de bricolaje y Electro-L descargados de internet. No existen en mi colección particular... los mandé a paseo.